Colegiada nº 1277.
Psicoterapeuta Familiar y de Pareja. Formada en Terapia de Pareja y Terapia Individual ( EFIT) , por International Centre for Excellence in Emotionally Focused Therapy -ICEEFT- Trabajadora Social Clínica por el Instituto Español de Trabajo Social Clínico, Mediadora por Universidad Complutense de Madrid, Mediadora Social comunitaria por Universidad Autónoma de Madrid.
Acreditada en Teoría del Apego y sus aplicaciones en contextos clínicos e interdisciplinarios por IAN-E International Attachment Network y el Instituto de Psicoterapia Avanzada. Formada en TC-TSY. Docente en Universidad de Navarra, Universidad Pública de Navarra y Universidad de Zaragoza.
Ha sido Supervisora del equipo de mediadores de familia del Colegio del Trabajo Social de Navarra. Asesora para la comisión de Mediación del Colegio Oficial de Trabajo Social de Navarra. Mediadora en los equipos de Mediación Familiar de Gobierno de Navarra durante 7 años. Miembro del Grupo Motor de Expertas y Expertos en Mediación del Consejo General del Trabajo Social de España.
Cuenta con amplia experiencia en el ámbito de la Psicoterapia de Pareja. Es Colaboradora con TFE España, el ICEEFT y el SFCFFT en la formación para psicólogos y psicoterapeutas de pareja, en el Modelo de Terapia Focalizada en la Emoción.
Mi estilo en Psicoterapia
Conóceme un poco más de cerca
Si has llegado hasta aquí, probablemente no estés buscando solo una psicoterapeuta. Estás buscando a alguien con quien poder hablar de cosas que no son fáciles de contar.
Elegir un terapeuta no es sencillo. Todos tenemos formación, modelos de trabajo y una manera de entender la psicoterapia. Pero cuando una persona decide empezar un proceso suele hacerse una pregunta mucho más importante: ¿podré sentirme segura con esta persona?
Encuadre clínico y alianza terapéutica
Si algo he aprendido en estos años es que las personas no cambian porque alguien les diga lo que tienen que hacer. Cambian cuando encuentran un lugar donde pueden comprender lo que les ocurre sin sentirse juzgadas, presionadas o avergonzadas.
Por eso intento cuidar especialmente la alianza terapéutica. La investigación lleva décadas mostrando que la calidad de esa relación es uno de los factores que más influye en el éxito de la terapia. Mi experiencia me dice exactamente lo mismo.
Cuidar esa relación implica muchas cosas: escuchar con atención, respetar el ritmo de cada persona y no intentar llegar antes de tiempo a lugares para los que todavía no está preparada.
Pero también significa cuidar el encuadre terapéutico. A veces los límites se entienden como distancia, cuando en realidad suelen ser una forma de cuidado. La puntualidad, la confidencialidad, la claridad sobre cómo trabajamos o la regularidad de las sesiones no son normas por sí mismas; ayudan a que la terapia sea un espacio predecible, seguro y fiable.
Hay una frase que me acompaña desde hace tiempo: diagnosticar para los informes; comprender para acompañar. Los diagnósticos son necesarios y tienen su función, pero rara vez explican una vida. Lo que me interesa es comprender cómo ha llegado una persona hasta aquí, qué ha vivido, cómo ha aprendido a protegerse y qué sentido tiene aquello que ahora le hace sufrir.
Mi trabajo consiste en ofrecer el conocimiento, la experiencia y las condiciones necesarias para que los pacientes puedan hacer su propio camino, respetando siempre su ritmo y acompañándolos con el mayor cuidado posible.
Los modelos terapéuticos que guían mi trabajo
Trabajo desde la Terapia Focalizada en las Emociones y la Teoría del Apego, dos modelos con un sólido respaldo científico que llevan años guiando mi práctica clínica. Me ofrecen un mapa para comprender el sufrimiento humano, pero nunca sustituyen a la persona que tengo delante.
El amor, el vínculo, la manera en que nos acercamos o nos alejamos de quienes más queremos, y cómo las heridas de nuestra historia aparecen precisamente en esos lugares donde más deseamos sentirnos seguros, siguen despertando en mí la misma curiosidad que al principio.
La Teoría del Apego y la Terapia Focalizada en las Emociones me han ayudado a comprender muchas de esas dinámicas y a encontrar un profundo sentido en el trabajo sobre los vínculos y la seguridad relacional. Pero, sobre todo, me han enseñado a mirar a las personas con más respeto y con menos prisa por explicar lo que les ocurre.
Después de muchos años de consulta sigo convencida de que la psicoterapia requiere rigor. Por eso continúo formándome, supervisando mi trabajo y revisando mi práctica. La experiencia es valiosa, pero solo cuando sigue acompañada de curiosidad, pensamiento crítico y la disposición a seguir aprendiendo.
He tenido también el privilegio de formar y supervisar a otros profesionales. Enseñar me ha obligado a pensar con más profundidad sobre mi propio trabajo y, paradójicamente, me ha recordado una y otra vez que la buena terapia no consiste en tener respuestas brillantes, sino en saber escuchar, comprender y decidir con cuidado cuál es el siguiente paso.
Una parte más personal…
Quizá una de las cosas que más ha cambiado con los años es mi manera de habitar la práctica clínica. La experiencia no me ha llevado a implicarme menos, sino de una forma más profunda y más consciente. Sigo creyendo que solo podemos acompañar de verdad cuando algo de nosotros está genuinamente presente en ese encuentro, cuando trabajamos también desde el corazón. Pero esa implicación no está reñida con el rigor; al contrario, necesita sostenerse en él.
Para mí, acompañar implica estar cerca sin invadir, comprender sin apropiarse de la experiencia del otro y ofrecer una relación suficientemente segura como para que puedan aparecer cosas que quizá nunca han podido ser dichas, sentidas o pensadas en presencia de alguien. Y, al mismo tiempo, exige cuidar aquello que protege el proceso: los límites, el encuadre, la regularidad, la formación continua, la supervisión y un conocimiento clínico sólido. Especialmente cuando se trabaja desde el apego, el encuadre no es algo externo a la relación terapéutica: forma parte de la seguridad que intentamos construir.
La psicoterapia es, para mí, un recorrido exigente. No se termina de aprender. En los últimos años hemos incorporado con más profundidad la mirada sobre el trauma y, con ella, una mayor atención al cuerpo, a la regulación y a todo aquello que ocurre más allá de las palabras. Eso ha ampliado mi manera de comprender el sufrimiento y también mi forma de estar en sesión. Sigo estudiando, supervisando, integrando nuevas perspectivas y revisando las anteriores. Y sigo aprendiendo de mis pacientes, porque cada proceso cuestiona, matiza o profundiza lo que creemos saber.
Con los años he llegado a pensar que una buena práctica clínica se parece menos a aplicar correctamente una técnica y más a sostener una tensión delicada: implicarse sin invadir, estar cerca sin perder el encuadre, escuchar con apertura sin renunciar al conocimiento, y permitir que cada encuentro nos enseñe algo sin olvidar todo lo que la evidencia, la experiencia y la clínica ya nos han enseñado.
“La tarea clínica no es eliminar la emoción, sino ayudar a organizarla, darle sentido y transformarla dentro de una relación suficientemente segura.”
Sue Johnson


